jueves, 20 de junio de 2013

Capítulo XI.- Historia de un maestro

-¿A dónde vas? –me preguntó mi madre cuando estaba a punto de abandonar mi casa en dirección al colegio para verme con Paula.
-Quedé con una compañera del colegio para tratar unos asuntos del centro –le mentí conscientemente porque sabía a qué preguntas me exponía si simplemente le decía que había quedado con una chica.
-Bueno, pues no vuelvas tarde que hoy echan en la tele esa serie que te gusta a ti.
-No no, claro. Venga, ciao –le respondí con esa apatía que en ocasiones me caracteriza y que sé que debo mejorar.

Cuando estaba a escasos metros del punto de encuentro ya pude visualizar que Paula había sido puntual, lo cual me hizo pensar que mucho tiempo arreglándose no estuvo. Y es que puedes averiguar el nivel de importancia que le da una mujer a una “cita” calculando el tiempo que se retrasa de la hora marcada. Si tarda mucho es porque ha estado arreglándose dos horas, lo cual quiere decir que cierta importancia tiene ese encuentro para ella.

-Al final el no puntual ha sido otro –me soltó Paula a modo de saludo.
-Pues sinceramente no sé de quién me hablas porque son las 19:00 y estoy aquí. Mayor puntualidad que la mía no hay –le dije sonriendo a la vez que le contestaba a su saludo.
-Jajaja. Bueno, ¿a dónde vamos?
-Ah, no sé. ¿No querías ir a tomar un café?
-Pues venga, vamos. Hay aquí cerca uno que está bien –me dijo mientras empezaba a andar hacia el sitio.

Pronto llegamos al lugar. Estaba a escasos diez minutos. La cafetería no estaba mal, era grande, bien iluminada, y con un gran número de mesas repartidas por todo el espacio, curiosamente vacías la mayoría de ellas.

-¿Qué mesa cogemos? –me consultó Paula nada más entrar por la puerta.
-Bffffffff –resoplé dándole a su pregunta un grado de dificultad que obviamente no tenía-. Yo es que soy una persona muy integradora, y si nos sentamos en una mesa estaríamos excluyendo a todas las demás, y no queda bien –le contesté a la vez que me entraba la risa.
-Bueno, entonces mejor elijo yo, que me da igual excluir –me dijo siguiendo el tono irónico de la conversación -. El próximo día, si hay, eliges tú.
-Mañana estoy libre para elegir mesas –le dije con la intención de volver a quedar.
-Jajaja, vale. Pues mañana me llevas tú a otro sitio, que a éste te traje yo.

Una vez sentados en la mesa que Paula eligió, una situada al lado de una ventana, vino el camarero.

-Hola, buenas tardes –saludó el empleado.
-Hola. Yo quería un café con leche –le pidió Paula.
-Yo un Colacao.
-Pero tú eres como un niño pequeño pidiendo Colacaos –me largó Paula una vez que el camarero se había ido.
-Sí, ¿y qué pasa? ¿No te gusta que sea como un niño pequeño? –le pregunté de broma.

-Me encanta.

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