viernes, 5 de julio de 2013

Capítulo XVI.- Historia de un maestro

Seguramente nunca te lo has planteado. De hecho, yo nunca lo había hecho hasta que vi las tremendas instalaciones que tenía el colegio. El patio era inmenso. Dos pistas de fútbol, una pista de baloncesto, un pabellón, columpios, una zona cubierta, césped, árboles,…
Treinta minutos. Ése era el tiempo que se usaban esas instalaciones durante el horario escolar. De cinco horas que duraba la mañana, cuatro horas y media esas increíbles instalaciones estaban sin usarse, salvo el pabellón que se utilizaba para educación física.
No tenía sentido, a mí que me disculpen pero no tenía sentido. Yo consideraba que una gran parte de las asignaturas podían ser perfectamente impartidas al aire libre aprovechando las instalaciones con las que contaba el centro.

Cuando tú estás a punto de hacer algo nuevo te excitas, te pones nervioso, tienes ganas, te ajetreas,… Yo contaba con ello. Yo sabía que la primera vez que sacase a los niños fuera del aula iba a ser una locura, iba a ser muy complicado captar la atención sobre la actividad a desarrollar. Yo eso lo sabía, pero quizás una vez que viesen el salir de clase como una actividad normal, seríamos capaces de recuperar todo ese tiempo perdido y, además, sacarle más partido a ese tiempo que si estuviésemos metidos en el aula.

Efectivamente, cuando al día siguiente comuniqué a mis alumnos que saldríamos al patio a hacer la clase aquello se volvió una locura. Antes de salir ya estaban gritando.
Les dije que si no se portaban bien no volvíamos a salir, algo que fue simplemente para intentar que se tranquilizasen y que esa alteración, que yo ya sabía que iban a tener el primer día, fuese lo mínima posible.

La verdad es que, cuando volvimos a clase una hora después, yo estaba bastante contento. Es cierto que había tenido que parar la clase en varias ocasiones para lograr recuperar a ciertos alumnos que prestaban más atención a las porterías que a lo que realmente deberían de prestársela, pero aún así, para ser el primer día estaba contento.

-¿Es la primera vez que dais clase fuera del aula? –les pregunté una vez que estaban ya todos sentados.

Me contestaron que sí, que exceptuando las excursiones y las clases de educación física sí.

Cuando dieron las dos de la tarde los niños recogieron sus cosas y se marcharon. Justo después de que el último niño saliese del aula entró Miguel, el director.

-¡Que sea la última vez que haces lo que has hecho hoy! –me soltó gritando y con claro tono de enfado.
-Perdón, pero no sé a qué se refiere –le respondí con la tranquilidad que le faltaba a él y sin levantar la cabeza de mi mesa, la cual estaba recogiendo.
-¡A sacar a los niños del aula fuera del horario de recreo, a eso me refiero! ¿Pero tú quién te crees? ¿Tú no te das cuenta de que esa imagen de cachondeo que habéis dado durante la hora que habéis estado fuera es la imagen que ahora tiene la multitud que os vio desde la calle? ¿Tú aún no te enteraste de que la imagen para este centro lo es todo? ¿Pero tú quién coño te crees? Si no sabes tener a tus alumnos callados durante una clase al menos ten la inteligencia de no hacérselo ver y saber toda la puta gente que os vio desde fuera.

Antes de que me diese tiempo a pensar lo que le iba a contestar él ya se había marchado de mi aula.

No se lo tomé en cuenta, el pobre no sabía con quién estaba tratando.

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