martes, 27 de junio de 2017

Capítulo XXI.- Historia de un maestro

-¿Hoy vamos a salir al patio a dar clase? –me preguntó Lucas, uno de los niños que se sentaba en primera fila.
-No, hoy no –le respondí sin dar el motivo principal, el cual era la reprimenda que me había pegado el director por haberlo hecho el día anterior.

No penséis que había renunciado a volver a hacerlo. Yo soy muy tozudo, y si algo considero que es lo que se debe hacer pues lucho por llevarlo a cabo. Pero, a veces, esas cosas hay que hacerlas con calma. Yo tenía un puesto muy débil dentro del colegio. Llevaba muy poco en él, no tenía apoyos importantes, apoyos que tuvieran verdadero peso en las decisiones que se tomaran en el centro más allá del que tenía Andrés, el que me había conseguido la entrevista, pero bastante había hecho ya. Supongo que no me salvaría el culo si Miguel me quisiese despedir. Entonces, cuando Miguel me habló de la reunión de padres se me encendió la luz. Si conseguía que los padres creyesen en mí, mi puesto ganaría mucha estabilidad y, a consecuencia, yo ganaría libertad a la hora de ejercer mi trabajo.

-Antes de empezar la clase, por favor apuntad en vuestra agenda que el lunes de la semana que viene es la reunión de padres. A las cinco tienen que estar aquí.
-¿Tenemos que venir nosotros? –me preguntó Manuel, uno de mis alumnos.
-¿Tú eres padre? –le respondió Pablo.
-¿Y tú eres a quién le pregunté?
-¿Y tú eres tonto? –le volvió a contestar Pablo.
-No más que tú –le dijo, saltando en defensa de Manuel, Sofía.
-¡Cállate Sofea! –le replicó Pablo de nuevo, ocasionando algunas risas en un pequeño sector de la clase.
-Pero cállate tú, retrasado, que no eres capaz de aprobar ni sexto de primaria –atacó Roberto, un niño que se sentaba por la mitad del aula, provocando también alguna que otra sonrisa.

Es interesante verles discutir. Siempre, desde pequeño, me ha gustado escuchar a la gente discutir. Aprendes mucho viendo discusiones, sobretodo a nivel grupal. Ya podía saber que Manuel y Pablo, evidentemente, no eran mejores amigos, algo que, quizás, sí eran Manuel, Sofía y Roberto. También había averiguado que Pablo tampoco se llevaba muy bien ni con Sofía ni con Roberto, ya que a una la llamó fea a las primeras de cambio y del otro recibió un insulto sin ningún tipo de reparo. Fue curioso también, aunque para nada determinante, que nadie saltase a defender a Pablo cuando, del otro lado, habían saltado dos personas tras la primera intervención de Manuel.

-Bueno, ya veremos si sois capaces vosotros de aprobar sexto –le respondí a Roberto con el fin de que Pablo sintiese que, por primera vez, tenía al profesor de su lado.

Obviamente yo no estaba de lado de nadie, pero consideré que esa pequeña frase, insignificante totalmente, no iba a implicar nada negativo al resto de la clase pero podía ayudarme un poco a la hora de conseguir la confianza de Pablo, la cual sinceramente necesitaba.


La discusión se acabó ahí, con mi intervención. No quise darle una trascendencia a los insultos que, bajo mi punto de vista, no tenían. Si te llaman Sofea pues te llamaron Sofea, sin más. El hecho de intervenir en ello implicaría darle una importancia al insulto que no sólo lo reforzaría como dañino sino que lo reforzaría también como útil. Ni Sofía lo replicó, ni yo lo hice. Luego entonces entre los dos habíamos logrado que el insulto hubiese fracasado en su función y, a consecuencia, también Pablo en su intento de ofender con él. Tres cuartos de lo mismo para el resto de improperios lanzados durante la breve discusión que yo dejé fluir un poco, pero que en un momento dado no me apeteció dejarla fluir más.

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